Con García Márquez en la memoria

Ayer estuve en un taller con profesores y profesores que me hicieron sentir cuánto me gusta enseñar y compartir. Pero de lo que quiero hablar esta mañana es de la noticia que me dieron: Gabriel García Márquez, uno de mis escritores preferidos, padece demencia senil, o eso dice su hermano. 
No creo que esto tenga marcha atrás, pero sí la tiene la búsqueda en esa memoria nuestra, mía en particular, que a él le está fallando, los párrafos que nos despertaron a mundos en los que las gotas de sangre -que querían avisar de una muerte- salvaban la alfombra para no mancharla. Mundos en los que las mujeres podían tener el pelo verde y descubrir el hielo era un acto mágico. Mundos en los que saber de antemano que alguien iba a morir no le quitaba emoción al relato. 
En estos momentos echo de menos mi biblioteca española en la que se acumulan sus libros, algunos releídos y muy subrayados. En mi agosto istaní volveré a manosearlos y a zambullirme en ellos.

¿Recordáis esta descripción, esta joya del ritmo y la adjetivación perfecta?
“Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. En pocos años Macondo fue la aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus tres cientos habitantes. Era de verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto”.

Os sugiero, nos propongo, al volver de las vacaciones de verano, buscar fragmentos como este para trabajarlos en clase. Será nuestro homenaje a quien tanto nos ha hecho soñar, vivir. 

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