Vuelvo al origen de los tiempos. Estamos en 1976. Llevo dos años y pico enseñando español, alternando los Cursos de Verano de la Universidad de Salamanca con los cursos trimestrales y anuales del Colegio de España. Ya está superado aquel revolcón que me puso en evidencia delante de la clase por no tener la respuesta profesional que me pidió aquel alumno de nivel súper avanzado. Las ironías de la vida –y que yo no dejaba de estudiar, todo hay que decirlo– en esos momentos me ocupaba de los cursos de nivel más alto. Todavía no había publicado el Curso Superior de Español y trabajaba con los manuales al uso y con mis copias hechas en ciclostil, ¿recordáis?
Un día me llama el director del centro a su despacho y me dice que hay un grupo de hombres japoneses que necesitan aprender español porque se van a instalar en Salamanca, en una fábrica de rodamientos donde trabajarían un periodo por determinar. No tenían ningún conocimiento ni del español ni de la cultura y les urgía aprender mucho en poco tiempo. Yo acepté, claro, pero no sabía absolutamente nada de japonés y, lo que es peor, tampoco tenía ni idea de la cultura japonesa –fuera de muchos estereotipos y de las películas de Kurosawa que había visto en el Cine Forum de la universidad–.
Me fui a casa emocionada e intrigada ante ese nuevo reto. Me puse a pensar en qué sería lo más importante para mí si el caso fuera al revés. Me contesté que esos señores necesitarían poder comunicarse, aprender a actuar en situaciones cotidianas, pero sin perder de vista que eran profesionales adultos, es decir, que no eran estudiantes jovencitos con otro tipo de recursos y otra motivación. Este grupo venía a Salamanca con objetivos muy claros que a mí se me escapaban más allá del consabido «aprender español».
Me hice mi composición de lugar sin saber nada de ellos. Preparé un listado de situaciones y los recursos lingüísticos básicos, muy básicos, que pudieran aprender interactuando, al menos al principio. La escritura vendría en un momento posterior. Me dije: lo fundamental es que se comuniquen. Ya iremos modificando el programa poco a poco según sus necesidades. Pensándolo desde hoy, veo que iba por el buen camino: me había puesto a estudiar gramática para «hacerme banquera» (Widdowson dixit) y ante un grupo de principiantes totales, me salió el enfoque comunicativo sin haber oído hablar nunca de él. Solo me apoyaba en el sentido común, como hice el día que me eligieron para ser profesora en los Cursos de Verano de la Universidad de Salamanca en 1974.
El día acordado fui al Colegio de España y el director me presentó a la persona responsable del grupo, que sí hablaba español muy bien: llevaba años casado con una salmantina. Me explicó grosso modo cómo era el grupo, pero no me dio ninguna pista sobre los estilos de aprendizaje al que esos hombres adultos estaban acostumbrados. Evidentemente yo tampoco pregunté, porque no sabía qué era eso. Di por supuesto que, ante unos principiantes, lo que debía seguir haciendo es ser teatrera. Hasta el presente me estaba dando muy buenos resultados. ¡¡¡Craso error!!!
Lo primero que me sorprendió al entrar en clase el primer día fue cómo me miraron. Si yo estaba sorprendida, ellos aún más, pero seguí con el plan que llevaba. No os lo voy a explicar porque sabéis perfectamente qué suele hacerse el primer día de clase con un grupo de principiantes. Por supuesto, yo no podía traducir nada, actuaba y cambiaba de papel usando sus nombres. Después de varias repeticiones, agarré a uno del brazo para que saliera y se representara a sí mismo usando las estructuras básicas del saludo formal. Llevaba haciendo eso desde el principio y me funcionaba muy bien: cualquier estudiante que había pasado por mis teatralizaciones salía de clase siendo capaz de saludar, decir su nombre, su nacionalidad y quizá, su profesión. ¡Pues no! Con este grupo no fue posible. Yo, sin desalentarme, insistí e insistí. Algo fui consiguiendo, pero nada que se pareciera a los resultados de otras clases de principiantes.
Avanzábamos a trancas y barrancas y, pasados un par de meses, quizá tres, un día de nuevo me llama el director a su despacho y, sin explicarme por qué, me dice que a partir de la semana siguiente ya no tendría clase con mis alumnos japoneses. Por un lado, me sentí aliviada, por otro, la frustración me corroía. Pero seguí adelante aprendiendo siempre. El enfoque comunicativo se convirtió en algo natural, tanto en la teoría como en la práctica. Fui dándole forma a lo que ahora llamo gramática pedagógica. Descubrí qué eran los estilos de aprendizaje, especialmente los estilos culturales de aprendizaje y, al llegar a ese punto, empecé a comprender a aquellos hombres que me habían dejado un poso amargo en la memoria y en el corazón.
Pasaron los años, viajé a muchos países, di muchos cursos, muchos talleres, colaboré con muchas instituciones… y un día de 2010 recibo una invitación para dar un ciclo de conferencias en… ¡Japón! Acepté más que sorprendida: volvió a aparecer el recuerdo de aquel grupo. Viajé a ese país casi desconocido y fascinante. Tuve la oportunidad de hablar discretamente de mi experiencia con colegas que viajaban –y siguen viajando– a España y me explicaron lo que, en su opinión, podía haber pasado. Regresé a casa conmovida por la acogida, las atenciones; fascinada por todo lo que vi y pensando que había muchas cosas que se podrían mejorar, esto, claro está, desde mi perspectiva.
Llega 2011: Fukushima nos deja anonadados. Y vuelvo a recibir una carta: esta vez para invitarme a una universidad muy importante de Tokio como profesora senior con un contrato de tres años renovables. Medité lo que suponía y, de nuevo, acepté. Los tres años iniciales se convirtieron en siete. Fui muy feliz, hice amigas y amigos que me acompañan en la distancia y comprendí lo que le había pasado a aquella profe tan joven, tan entusiasta y con tan poca experiencia. Pero sed pacientes, os lo contaré en la siguiente entrada.
Lo que sí quiero compartir ahora es cómo he elaborado a lo largo del tiempo qué hacer cuando un grupo no sabe nada. Ya me diréis qué os parece. Hasta la próxima visita.