Al hilo de la aprobación de ‘iros’.

Buenas tardes desde un Tokio tormentoso. 

La aprobación de esta forma para la persona vosotros/-as del imperativo de ‘irse’, ha levantado una polvareda tremenda.

Como ya he explicado en mi muro de FB, la norma dice que la -d final se pierde en la persona ‘vosotros/-as’ al añadírsele el pronombre ‘os’. “Marchad”->marchaos. “Poned”-> poneos.

La excepción a esta regla era el caso de “irse”. El imperativo no era *’íos’ sino ‘idos’. Quizá por la coincidencia de este imperativo con el adjetivo ‘idos’= ‘locos’. Quizá porque la articulación de la /d/ está muy cerca de la de la /r/, la forma ‘idos’ no tuvo mucho éxito. De ahí que se prefiriera ‘iros’. Por lo tanto, que la RAE haya aceptado solo esa forma es algo coherente. Lo que mucha gente se pregunta es por qué no se ha extendido esa aceptación a los demás verbos seguidos del pronombre ‘os’: ‘marcharos’, ‘poneros’, etc. Esa misma gente ya usa esas formas en el registro no formal, en la conversación cotidiana, se pregunta ¿por qué no, pues, hacer que la norma ampare esta  manera de decir?

Como bien sabemos quienes nos dedicamos a la enseñanza y hemos estudiado Filología románica o hispánica, nuestras lenguas -todas las de la Península, excepto el euskera- se desgajaron del latín a fuerza de un uso que se iba alejando del latín clásico. El latín que se hablaba en el norte de Italia no era el mismo que se hablaba en el centro o en el sur. Es decir, igual que ahora en cualquier país. Por lo tanto, ¿cómo iba a ser el mismo el que se hablaba en la Galia o en la Lusitania o en la Hispania?

A un señor llamado Marco Aurelio Probo se le atribuyó un librito conocido como Appendix probi. Parece que hoy en día no se acepta su autoría, pero eso es lo de menos. Lo que a mí me interesa es lo que ese Appendix demuestra: las lenguas evolucionan, se contaminan, se desgajan de su tronco originario, es decir, cambian. Cada cual elegirá un término u otro y eso significará cómo percibe esa transformación. En el citado librito, su autor (o autora, vaya usted a saber), se empeñaba en decir cuál era la forma correcta de una palabra frente a la forma de decirla del vulgus, que, por cierto, significaba ‘pueblo’, sin connotación negativa. Por ejemplo: nunquam no nunqua (ahora decimos ‘nunca’); auriculam, no oricla (ahora decimos ‘oreja’).

Según esta transformación, veremos el parentesco que existe entre noite (galaico- portugués); nuit (francés); nit (catalán-valenciano); notte (italiano) y noche (castellano). Todas esas formas derivan del latín noctem. Por lo tanto, las lenguas cambian. Es un hecho. No es ni bueno ni malo: ocurre.

Otro aspecto que se desvela tras esta sanción de la RAE es que, a la gente, al vulgus, le interesan las cosas del decir, si no fuera así, ¿por qué la polémica?

Y el tercer aspecto que a mí me interesa, sobre todo, es qué significa hablar y escribir correctamente. ¿Es bueno o malo seguir las nomas de las academias, de las autoridades lingüísticas de turno? ¿Por qué debo yo decir una cosa que no me sale de manera natural? O como dicen nuestra juventud, “en WA o en FB lo importante es lo que digo, no si lo escribo con /v/ o /b/ con /h/ o sin ella, quiero que mis amigos reciban pronto el mensaje”. La pregunta que les haría es esta “¿irías a la boda de tu hermana/-o en chándal? Estarías mucho más cómodo/-a, ¿no?” Posible respuesta; “si por mí fuera, lo haría, pero las convenciones sociales…”. O esta otra, “yo lo haría, pero no quiero dar el cante, o dar un disgusto a mis viejos…”, etc. Y ahí hemos topado con la clave, por supuesto, según mi modo de verlo. La ropa y la lengua son dos formas, dos códigos de comunicación, son símbolos, y como tales, nos representan. No son algo natural, todo ello es aprendido (o no), sujeto a cambios, modas, épocas, circunstancias… Tanto con la ropa como con la manera de hablar o escribir damos una imagen de nosotras, de nosotros mismos. Y, claro está, queremos que sea la más aceptable, si no, ¿a qué viene tanto posado en las redes sociales? Queremos que se nos acepte y se nos apruebe. Y la manera de expresarnos con palabras es una de las vías de esa aceptación o de ese rechazo.

¿Qué significa hablar, escribir o vestirse adecuadamente? Significa que la persona conoce los contextos, los registros, las convenciones y sabe adaptarse a ellos. Alguien que no maneja adecuadamente su lengua está actuando igual que alguien que sale a la calle lleno de manchurrones o con un vestido largo o un frac para ir al campo de excursión. Se está poniendo en evidencia.

¿Qué consecuencias sociales tiene esto? Hablar o escribir inadecuadamente o vestirse de forma inapropiada nos coloca en un grupo social determinado. Y esto puede negar a quien así actúa el acceso a oportunidades que le corresponderían por derecho. La educación debe mostrar lo que significa poder cambiar de registro según lo requiera el caso. Cuantos más registros, más rica será la persona que los maneja. Las clases de lengua deben servirse de textos “correctos” y de los otros para evidenciar cuál es el contexto en que cada uno se ha escrito. Debe hacer pensar al alumnado qué intención hay detrás de cada forma de expresión. Debe darles la oportunidad de captar la manipulación a la que nos someten quienes sí manejan todos los recursos del idioma. Nunca dejaré de mencionar a Georges Lakoff y en sus dos joyas Metáforas de la vida cotidiana y No pienses en un elefante.

Soy consciente de que he bordeado la frontera de las variedades lingüísticas, pero esa es otra historia. Hoy solo quería referirme a esa variedad que se reconoce como normativa y que se acepta como estándar, aunque ya sabemos que los estándares lingüísticos no lo son.

 

 

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2 opiniones en “Al hilo de la aprobación de ‘iros’.

  1. Álvaro... ¡desde Hong Kong!

    A mí me alegra que poco a poco estén aprendiendo a ser descriptivos y no prescriptivos, o que por lo menos prescriban “con los pies en la tierra”, cuando los vocablos y las expresiones están ya realmente generalizadas. También me gusta que se creen estos debates y que la gente reflexione sobre la evolución del lenguaje, sobre la importancia del manejo de las variedades diafásicas, sobre el hecho de que la lengua es una de nuestras más importantes “tarjetas de visita” que nos presentan y nos proyectan ante el resto del mundo… Y luego, en este caso en particular, y al hilo de la evolución de las lenguas, no me puedo olvidar del fuerte arraigo que tienen las formas de infinitivo para la expresión de instrucciones, prohibiciones, consejos y todo aquello que hacemos con el modo imperativo en muchos idiomas. El “bare infinitive” en inglés, el imperativo negativo en italiano o en asturiano (siempre me acordaré de mi abuelo diciendo “¡no me joder!” y “¡no me calentar!”), los usos dialectales, “las coincidencias fonéticas” en segunda persona del plural en francés “mangez / manger” y en el español oral coloquial (“abrir el libro por la página 15 y hacer los ejercicios 3, 4 y 5”), y si encima hay un pronombre enclítico que empieza por vocal después y tenemos dos sonidos con una articulación tan próxima como [d] y [r]… ¡No podía evolucionar de otra forma lo de “iros” porque el cero fónico produciría un hiato, que tampoco nos gusta mucho articular! De todas maneras, hay mucha tela que cortar en este tema, ¡superinteresante! ¡Que algún joven masterando / doctorando lo investigue! Gracias por la reflexión, Concha.

    1. Concha Moreno García Autor

      Querido Álvaro:
      Gracias a ti por enriquecerlo con el tuyo. No quería entrar en más detalles, por eso te agradezco tanto que te hayas referido a todo lo que mencionas. El imperativo en -r para la segunda persona del plural es la evolución lógica del imperativo latino. Y aparte de las cuestiones de gramática histórica o evolutiva, está todo lo demás, todo lo relativo a la imagen social que da quien habla o escribe. Y todo ello, sin entrar en variedades. De acuerdo contigo: tema apasionante. Un abrazo casi de vacaciones.

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